La difusión del paradigma apocalíptico

Publicado originalmente en otoño de 2019.

El pensamiento escatológico no es algo nuevo para la humanidad, desde que los humanos fueron conscientes de su frágil finitud y de las amenazas del mundo hostil para su subsistencia, ha intentado someter su miedo a fin de controlar aquello que lo extingue para que en su representación del mundo, su final no le quite el sueño. En ese afán, ha podido crear un saber que le ha permitido ir más allá de una realidad de adaptación natural o a una social, donde su psiquismo evolucionó para su desgracia para no sólo temer a las contingencias naturales, como ser comido por un tigre o destruido por una tormenta, sino para temerle a una sociedad cargando con imaginarios y reales insoportables. El hombre preocupado por no ser destruido mantuvo a raya a sus deidades, siendo como él creía que le pedían y no enfurecerlas. No obstante, en el cinismo narcisista de la modernidad donde no hay más dioses en los monstruos de la razón, sólo hay yo, los Dioses recelosos del eco y de la imagen cobran más fuerza que nunca para hacer garantía del Otro. El humano ahora se siente igual de amenazado en su particular existencia que en el pasado, y lo peor es que no importa si no hay amenaza contingente, él se ocupará de crearlas en su delirio. Lo terrible de generar una escatología delirante, es que individualiza la trama causal y vuelca sobre problemas aislados del mundo compartido. Es un yo con toda la carga de su propio mundo subjetivo, donde sí hay otros, pero en un mero sentido de utilidad, sólo en tanto objetos de amor u odio, donde se desconoce el sufrimiento de otros como alteridad.   

¿Qué ha ocurrido con la promoción cultural que se ha hecho durante los últimos 50 años sobre los peligros de la actividad desmesurada del humano sobre la naturaleza? Encima desde algunas trincheras se ha hecho desde perspectivas bizantinas continuistas de la misma inercia que problematiza a la sustancia con ontologías naturales versus artificiales. En las últimas décadas, el bombardeo se hace en espacios publicitarios, películas como Day after tomorrow; canales de divulgación científica, tanto de televisión como de Youtube que tratan estos temas; y un sinfín de documentales como los producidos por nuestro querido filántropo Leonardo Di Caprio como parte de un nuevo grupo de personas que busca a través de su capital monetario y social busca movilizar conciencias y transmitir sensibilidad. Encontramos en su haber Before the Flood (que además cuenta con la participación de diferentes figuras destacadas de diferentes ámbitos, artísticos, tecnológicos, sociales, como Elon Musk o el Papa Francisco), su más reciente Ice on fire, entre otros. Ante tal difusión, uno no puede evitar preguntarse: ¿por qué la concienciación del cambio climático ha representado un fracaso en su pretensión por generar un cambio radical en nuestros hábitos de producción y consumo, pese a semejantes esfuerzos?

En primera instancia ¿por qué habría de considerarlos un fracaso? A pesar de que plantearé algunas reflexiones propias a lo largo de este ensayo, no serán desarrolladas de entrada. Varias personas coincidimos en que los efectos políticos que tiene la ascensión al poder de discursos éticos como los de Donald Trump o Jair Bolsonaro, no son casualidad, tampoco que los índices de emisión de carbono, a pesar de que se habían logrado parar y disminuir, en los pasados dos años han vuelto aumentar. No parece ser en realidad un problema sólo de la difusión del cambio climático y el calentamiento global anunciando el fin del mundo, sino que es problema de muchos movimientos sociales a lo largo de la historia, este en particular sufre de algo aparte de la polarización de la información, también del discurso científico como algo alejado. Populismo político y escepticismo acrítico se oponen. Pensamiento atávico, una educación básica aristoteliana, basadas en la intuición poco previsor ante las consecuencias no efectivamente experimentadas. Entonces el paradigma apocalíptico actual se vuelve un discurso moralizante, no muy alejado a la concepción de culpa judeocristiana: eres malo pequeño ignorante, mira cómo usas bolsas de plástico, matas a los peces; utilizas vehículos de combustión para moverte; qué no te das cuenta de cómo destruyes el planeta, ¡arrepiéntete pecador! Cabría preguntarse realmente si hemos hecho algo malo (o bueno), si nuestra brújula por mucho tiempo ha sido el dolor en la carne y la idea que la acompaña (cf. Ética de Spinoza).

En el ejercicio de la elaboración de juicios ético pero también estéticos, es donde podemos trascender la imposición de una visión unilateral, más allá de su posible impacto a posteriori. El problema con volver la concienciación un simple asunto deontológico, a parte de lo obvio que obligado nada gusta hacer, ni siquiera el hedonismo salvaje[1], ya que nos recuerda nuestra posición pasiva, de esclavitud frente al Otro, dónde receptivos sólo debemos esperar a que se nos den o instruyan soluciones para problemas que ni siquiera hemos pensado. Problemas que no vemos aún en nuestra realidad sensible con el todo el peso de sus consecuencias directas en nuestras vidas diarias, porque no tenemos trabajado el pensamiento que pueda ir más allá de la intuición, no es sino hasta que hacen las respectivas correlaciones por nosotros los sujetos de la ciencia: por nuestra emisión de dióxido de carbono (CO2), esta genera un efecto invernadero en nuestra atmósfera que produce que el clima del planeta se vea alterado a través de un aumento generalizado de la temperatura, lo que producirá cambios en las estaciones, inundaciones, huracanes o tormentas con mayor intensidad, sequía, por tanto problemas del agua, etc. y la movilización de millones de refugiados y los muertos ni se diga.

Los problemas de la sensibilización como se adelantaba en la premisa introductoria, el hecho de que no sea una realidad constatable de primera mano que nos afecte en un presente inmediato, por un lado provoca que esta movilización a nivel narcisista o imaginaria no se vea comprometida hacer algo más allá de sí misma y sus semblantes, es decir, narcisismo por basar el cuidado del ambiente por el futuro de la progenie y la continuación del proyecto humano como cúspide evolutiva. Por otro lado, el cómo se realiza esta campaña de sensibilización, como decíamos siendo encima moralizante (aún si fuera “objetivamente” el problema de mayor importancia en la existencia), tampoco se logra alcanzar a todas las personas, y no sólo por cuestión de transmisión de la información y la comunicación efectiva, que aunque también son factores, no me parecen tan importantes en la discusión porque si de lo que se trata es de movilizar mundialmente la conciencia de la población, esto implicaría que se ha logrado transmitir una idea clara y concreta tanto de las causas-consecuencias y las medidas específicas de cómo actuar. La cuestión es que esta difusión por una parte, se hace falaz e ideológicamente, tenemos los argumentos de autoridad con las eminencias científicas presentándonos sus datos duros con sus reportes ante la ONU. Los documentales tampoco logran su objetivo, sigue siendo un solo porcentaje quienes acceden a estos contenidos, y muchos aplican el no sé que sé, por eso mejor “hago” como que no sé. Por tanto, se delega la responsabilidad del saber y del hacer con ese saber, como vemos en la siguiente figura tenemos tres tipos de postura típicos frente al fenómeno de cambio de conciencia, con esto no quiero denunciar que esté mal, sino que en realidad es algo que ocurre en nuestra realidad del significante.


Figura 1. Captura de pantalla de la sección de comentarios de Before the Flood donde se ven, los tres tipos comunes de movilización del discurso, figura de autoridad, de popularidad y voluntarismo.

Los fenómenos del activismo ecológico actual no paran con ejemplos, tenemos el caso de Greta Thunberg, una chica sueca con síndrome de asperger, que según sus detractores no es más que la repetidora titiritesca del discurso de sus benefactores, empresas que promueven un capitalismo verde.  Sólo quiero presentar los matices que ha, no quiero centrarme en las nimias descalificaciones que sufre el activismo o ponerlo a comparaciones absurdas con activistas de países latinoamericanos como México donde son asesinados por oponerse a planes de explotación natural como la minería por parte de empresas canadienses, el punto a señalar es que a pesar del activismo éste no ha podido hacerse eco suficiente, no ha logrado hacerse difundir en la mayoría como discurso de impacto colectivo más que al debate, ni con argumentos ad baculum, como los que van y combaten barcos pesqueros de ballenas.

Planteado esto, es por lo que resulta necesario entender cómo, a pesar del bombardeo mediático, la humanidad no termina de radicalizar su posición como pretenden los portavoces del desastre ecológico que enfrentamos. En algún momento traté de elaborar[2] una parte del problema que enmarco en la teorización del desarrollo moral como la que propuso Lawrence Kohlberg a partir de Jean Piaget, partiendo de un paralelismo del razonamiento que va desde el puro egocentrismo a la adquisición de estructuras cognitivas formales donde, por ejemplo, la metacognición dará lugar a nuevas posibilidades de representarse la realidad concreta. Sin embargo, esta teoría parte desde un enfoque normativo, de cómo es que debería ser, más que uno descriptivo, de cómo en efecto es. Sólo toma en cuenta la evolución del entendimiento racional de la alteridad y los posibles convenios-negociaciones que pueden hacerse a partir de este ejercicio ético-pensante con la cosa del mundo, aunque también da lugar a la parte nietzscheana de la desobediencia de la transvaloración. Mi crítica es que, tanto no toma en cuenta la condición socioeconómica de una gran mayoría mundial que no se favorece el que puedan aspirar a desarrollar de manera óptima esas capacidades o potencialidades humanas cognitivas, por el mero de hecho de no poder cubrir ni las necesidades básicas. Segundo, tampoco considera integrado en su corpus teórico el desarrollo de los afectos, con esto me refiero, a la estructuración del cómo eso nos ha afectado, es decir, la estructuración de la posición subjetiva, una estructuración tan singular como compartida dada por el Otro desde su generalidad y articulación simbólica en la cultura. 

Se hace muy problemático por creer que cada persona de este planeta tiene las condiciones necesarias y suficientes para alcanzar esos estadios morales y dar lugar además a la ética simplemente haciendo ejercicios cognitivos de racionalidad. En todo caso eso sería sólo una parte, pero hablar ya de alcanzar un estado de introyección de las normas, para después tener una representación escenificada-flexible de éstas, y además desarrollar una praxis congruente, es demasiado para una mente pensada de forma maquínica desde el cognitivismo. El niño construye su conocimiento a través de su propia actividad, es una de las premisas que se atribuyen a la obra de Piaget, pero Piaget si bien se centró epistémicamente en aquello particular que surgía y se constituía el funcionamiento del pensamiento del niño, no era ingenuo, para poder simbolizar la realidad sabía que debían pasar ciertas cosas fuera del orden individual para que eso se diera. No se trata pues de condiciones sine qua non intrínsecas a la naturaleza del ser humano. Este ha sido uno de los aportes del campo psi a la sempiterna discusión filosófica de innatismo contra empirismo, porque el sujeto filosófico siempre era pensado como algo ya constituido en su deseo y pensamiento. Aún así se haya dilucidado en el terreno académico, en la cultura popular siguen persistiendo debates obsoletos que sólo mudaron sus bases esencialistas entre un determinismo genético y un determinismo desarrollista-cultural, más parecido al estereotipo social. Por tanto, a la hora de generalizar programas de conciencia social, se llega a pensar muchas veces en un tipo normativizado de sujetos con condiciones muchas veces idealizadas, por ello eso no significa que van a tener un impacto tal como se espera, y aquello que se mida como avances distará todavía más.

A pesar de mi aparente desligue del punto medular sobre la discusión ética ambiental, trato de explicitar la motivación por la cual hago un hincapié. Sobre las implicaciones un tanto näive de una ética de la responsabilidad. La realidad es que tenemos una realidad dialéctica de amos-esclavos, subjetivamente intercambiando entre esos roles. Así surgiría otra pregunta ¿cómo superar pues, un sufrimiento inherente a la naturaleza subjetiva humana, para poder ver más allá de este sufrimiento, para hacer más allá de éste, o para transformar esa vitalidad en soluciones socializadas de impacto?

Responsabilizar ese saber, comprometerlo es una tarea complicada aun con los que tienen el acceso a este saber: ¿cómo pasar de la apatía a un activismo, y aprehender que hay muchas dimensiones del activismo? Pese y con nuestra organización jerárquica actual, dentro de esa estructura social, cada uno tendría un rol diferente pero al final tendría uno particular. Quizá una de las posibilidades está en poder crearlo y querer ocuparlo, sin que eso signifique tener que quedarse ahí por siempre. Aunque está claro, como dicen Fredic Jameson o Slavoj Žižek que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo, un sistema que ha capitalizado el deseo, y ha instruido como posicionarse como objeto causa del deseo. El problema no es que no haya gente dispuesta a los cambios sociales y ambientalistas, además del trabajo casi sacrificial de muchos de nuestros activistas, de nuevo destaco a esos científicos muy abocados investigando las consecuencias de los daños irreversibles (al menos para nuestro mundo antropológico) que causa nuestro sistema de producción y consumo actual. Tenemos muchos intelectuales preocupados trabajando en terrenos académicos, por ejemplo como vimos desde la filosofía y la ética como el semillero que aportó Aldo Leopold y los que continuaron por esas líneas.

Ese ya no es problema, el problema parece ser en cómo poder comunicar y colocar esos discursos desde una posición con suficiente valencia, y que no se trate de un discurso amo más en curso, ni tampoco de un escabroso discurso universitario (de saber científico) exclusivo. Sino de que éste adquiera un sentido subversivo en la subjetivad de la colectividad, una intersubjetividad no del perspectivismo y la multiplicidad relativizadoras de la garantía del saber, porque a la hora de encontrar el saber, darnos cuenta que nosotros lo hicimos y no lo descubrimos, para así se nos permita construir desde el vacío, bordeando garante su movilidad estética constante.

El gran trabajo qué es el pensar y socializar el conocimiento se hace, más algo falta, pues no se termina de anudar en la praxis cotidiana de todos los niveles sociales. De nada servirá el activismo de unos pocos cuando gran parte de la población lo sigue viviendo como una realidad ajena y además polarizada, escindida entre múltiples discursos de usura, donde cada uno ofrece su propia “verdad”, en tanto posición de poder para establecerla como verdad, y ya no sabe a quién escuchar para no venderse al peor postor. Algunos gobiernos más proactivos ofrecen medidas de alto impacto, como es la inclusión de las energías renovables, pero nuestro consumo (nuestra forma de gozar y desear) sobrepasa aún la posibilidad efectiva de una transición energética, argumento suficiente para que la industria de combustible fósil pueda seguir lucrando. Empero el pesimismo resaltando que, hay medidas actuales satanizadas como la energía nuclear que en realidad son más limpias de los que se creen y que podrían coadyuvar a ese puente de la depuración. En fin, sí se hacen cosas, muchísimas que no cabría contarlas todas aquí, pero una de las que es clave y soporte el movimiento se sigue rodeando aun cuando ya tiene más de un siglo que se ha empezado a trabajar, que es el desencadenar la subjetividad, para que esas construcciones no se desvanezcan por los fantasmas absolutizadores del nihilismo y los gritos de dolor, de reproche y de destrucción.

Por último pensar que la reflexión crítica no es el instrumento que todos debemos poseer de facto, sino que es consecuencia de favorecer una realidad simbólica cultural que permita la aparición del pensamiento filosófico, que ante todo, es una respuesta ante la generación de una crisis, porque hubo cosas en la vida de esas personas para llevarlas hasta ahí. En desmenuzar cómo es que se puede favorecer el desarrollo de eso sin necesidad de vivir el gran estrés, y no a través de la razón ni un diálogo llano que resulta en monólogo, porque eso sólo nos sirve para dar cuenta de explicaciones que justifican nuestra esclavitud, por otro lado, tenemos el hacer entrar en juego a la subjetivación y la apertura al inconsciente. No parece haber una única solución a este problema, pero si alternativas a la hora de pensar el problema, quizá sea conveniente dejar de tirar por el desgastado camino de las soluciones del diálogo del sujeto topológicamente plano.


[1] En “La Filosofía en el tocador”, el Marqués de Sade, establece el imperativo categórico de goce. A pesar de que la Ley del hombre sólo la utilizaba para burlarse de ella, él instauró para sí mismo y los demás la obligación de gozar sin límite.

[2] Lazo, C.(2018).Libertad que se construye. No publicado, realizado como ensayo sobre el libre albedrío desde una perspectiva semi-compatibilista.

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